El secreto para ganar el juicio

Hay una paradoja hermosa en Rosh Hashaná que vale la pena mirar de cerca. Es, sin duda, el Día del Juicio: ese día en que cada uno de nosotros pasa delante de Hashemr para ser evaluado. Es un día de temor reverencial, y sin embargo, la tradición nos enseña que ese mismo día hay que comer manjares y sobre todo no entristecerse.

¿Cómo se explica que el día más serio del calendario judío sea, a la vez, un día de alegría?

La respuesta está en entender qué es lo que realmente se juzga en Rosh Hashaná. Nuestros sabios enseñan que cada persona debe verse a sí mismo como si estuviera exactamente equilibrada en méritos y faltas, de modo que un solo mérito puede inclinar la balanza a su favor; no se trata solo de la balanza propia, sino de la del mundo entero. En otras palabras, Rosh Hashaná no es un juicio privado entre la persona y el Cielo. Es también un juicio sobre cómo tratamos a quienes nos rodean.

En nuestra tradición hay una enseñanza preciosa que vale la pena repetir siempre: toda la Torá puede resumirse en una sola frase, “amar al prójimo como a sí mismo”.
Este el principio más grande de toda la Torá. Hacer feliz al otro no es entonces un gesto opcional dentro de la vida judía. Se cuenta que los sabios más grandes de la tradición dejaban de lado sus propios estudios para llevar alegría a una pareja de novios, para acompañar a quien estaba enfermo y hasta para hacer sentir bien a quien tenían al frente.
Si los más grandes se ocupaban de eso, ¿qué nos impide a nosotros hacerlo en el diario vivir? Una llamada a quien está solo, una palabra de aliento a quien pasa por un mal momento y una sonrisa genuina a quien nos recibe con el rostro cansado.

En Rosh Hashaná muchas veces pasamos por alto que coronamos a Hashem como Rey del mundo, a la vez recordamos que Su oído está siempre atento a quien lo llama. Nunca está demasiado ocupado para escuchar. Ese es quizás, el atributo más imitable de todos: la disponibilidad. Imitar los caminos de Hashem no significa solamente ser compasivo o comprensivo; significa también estar presente. Vivimos en una época donde todos decimos estar sin tiempo, donde la agenda se llena sola y donde la persona que tenemos al lado a veces la dejamos en espera, sin prestarle un minuto de atención real.
Rosh Hashaná viene a recordarnos que la verdadera grandeza no está en la agenda llena de compromisos, sino en la capacidad de detenernos justo cuando alguien nos necesita.

Estar disponible no siempre significa resolver el problema del otro: muchas veces alcanza con escuchar, con mirar a los ojos sin estar pensando en la próxima tarea, con hacerle sentir a la persona que en ese momento no hay nada más importante. Esa disponibilidad tan simple es en el fondo una forma de coronar a Hashem como Rey: reconocer que si Él, siendo el Rey del universo, tiene tiempo para cada uno de nosotros, nosotros deberíamos poder encontrar tiempo para el que tenemos enfrente.

Y llegamos quizás al punto más desafiante: la actitud frente a la queja. Nuestra tradición es muy severa con este tema. Basta recordar el desierto: el pueblo se quejó por la comida, se quejó por el agua, se quejó por todo. Y esas quejas no eran solamente incomodidad: eran, en el fondo, una falta de confianza en que lo que se tiene es suficiente. La queja constante es una forma sutil de decirle a la vida "lo que me diste no alcanza".

La persona agradecida encuentra motivos de alegría incluso en momentos difíciles, mientras que quien vive quejándose no encuentra paz ni en la abundancia. Por eso en Rosh Hashaná celebramos la renovación del mundo, en vez de contar lo que falta, contamos las bondades recibidas.

Rosh Hashaná, entonces, no es solamente el día en que somos juzgados: es el día en que se nos enseña cómo queremos ser juzgados. Y la enseñanza es clara: a quien juzga a los demás con benevolencia, lo juzgan a él con benevolencia desde el Cielo. Si queremos un año de bendición, de salud y de paz, el camino más seguro es convertirnos nosotros, en fuente de alegría, disponibilidad y gratitud para quienes nos rodean.

Que este Rosh Hashaná no sea solamente el comienzo de un nuevo año en el calendario, sino el comienzo de una nueva manera de estar con el otro: más presentes, más alegres, más agradecidos, y con menos quejas. Ser fuertes para realizar mitzvot e iniciar las mejoras internas para ganar el juicio y ser débiles sin aliento para lo contrario.

Que sea un año dulce, de vida, de salud y de bendición para todos nosotros y para nuestras familias.

 

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