Luz que crece y círculos que completan, relación entre Sucot y Janucá
Hoy quiero compartir una reflexión sobre dos de nuestras fiestas más alegres y profundas: Janucá y Sucot. A primera vista, parecen muy diferentes: una se celebra en invierno, la otra en otoño; una recuerda un milagro militar y espiritual, la otra conmemora la protección divina durante el desierto. Pero si miramos más de cerca, descubrimos que ambas fiestas comparten una idea central: la relación entre el ser humano, la luz, y la presencia de Dios en nuestro mundo.
En Sucot, salimos de nuestras casas firmes y seguras y
entramos en una sucá, una cabaña frágil cubierta de ramas. Durante siete días,
rodeamos el altar con el lulav y el etrog, haciendo una vuelta cada día. Y el
último día, Hoshaná Rabá, damos siete vueltas.
¿Por qué no hacemos una vuelta más cada día, como añadimos
una vela más en Janucá?
La respuesta está en el mensaje que cada fiesta quiere
transmitir.
En Janucá, la luz comienza pequeña. La primera noche
encendemos una sola vela, y cada noche agregamos una más. La luz va creciendo,
simbolizando la fe y la esperanza que se fortalecen día a día. El milagro del
aceite no solo fue que duró ocho días, sino que nos enseña que la luz
espiritual se construye con constancia, que cada acción buena aumenta la
claridad del mundo. Janucá nos inspira a crecer, a sumar, a avanzar paso a paso
hacia más luz.
En Sucot, en cambio, el movimiento no es hacia arriba o
hacia más, sino hacia la totalidad y la unión. Cada día damos una vuelta, pero
el último día, todas las vueltas se reúnen: siete vueltas que representan la
completitud, la conexión de todos los días en un solo círculo. Sucot nos enseña
que la espiritualidad no solo crece —como la luz de Janucá— sino que también se
integra y se unifica, como los círculos que se cierran alrededor del altar. En
Sucot, el mensaje no es “suma más”, sino “reúne todo lo vivido y hazlo uno”.
Así, las dos fiestas nos muestran dos caminos del alma:
En Janucá, la luz crece día a día: el proceso de superación
personal, de fe creciente, de esperanza que se fortalece.
En Sucot, las vueltas se completan al final: el proceso de
unidad, de conexión con los demás, y de reconocer que todas nuestras
experiencias forman un solo propósito divino.
Podemos decir que Janucá es la fiesta del crecimiento y
Sucot la del equilibrio. Una nos enseña a sumar luz al mundo, y la otra a unir
los fragmentos del mundo en armonía.